OTRA VUELTA DE TUERCA, HENRY JAMES
Dos niños pequeños Flora y Miles, recientemente
huérfanos, se quedan a cargo de su tío, quien no quiere saber nada de ellos,
por lo que se ocupa de mantenerlos alejados de él, a cargo del personal de
servicio.
La historia empieza cuando les busca una
institutriz pues la anterior había fallecido, al parecer en extrañas o
desconocidas circunstancias. También había muerto de manera no muy clara, otra
persona que estaba a cargo de su cuidado.
Estas extrañas muertes, el despego de su tío y
las condiciones del contrato que la nueva institutriz debe firmar, crea un
clima de intriga que nos hace suponer que hay “algo más” que no nos cuentan.
Ese algo más que desconocemos y cuyo
desconocimiento compartimos con la nueva institutriz, es lo que debemos
descubrir según avanzamos en la lectura de este libro. Pero parece que cada vez
es más difícil.
Por supuesto, toda novela de terror que se
precie, tiene que tener sus fantasmas. Éstos hacen que el terror no sea por
motivos físicos y tangibles, sino psicológicos. No hay nada peor que el terror
psicológico pues lo podemos vivir en primera persona sea cual sea nuestra
circunstancia.
Los fantasmas que aparecen son, como era de
esperar, los de los sirvientes muertos.
Estos
fantasmas parecen tener una conexión sobrenatural con los dos niños pequeños,
lo que les hace cómplices en el angustioso acoso a la protagonista. Para que el
desasosiego sea mayor, estos niños son extremadamente guapos, extremadamente
bien educados y extremadamente cariñosos con la niñera y con todo el mundo. Ya
sabemos todos lo increíblemente terroríficos que pueden llegar a ser los niños
en una historia de este tipo.
Por supuesto los dos hermanos nunca hablan de
estas personas, lo que hace que sea inaccesible cualquier conocimiento sobre lo
que pasó cuando todavía vivían. El resto de los sirvientes, como debe ser en
una sociedad como aquella de finales del siglo XIX, nunca hablan de nada.
Solamente el ama de llaves, la señora Grose, habla con la institutriz del tema,
aunque no consigue aclarale nada, incluso a veces, la lía más, quizá por
su evidente falta de cultura que la lleva a no expresarse con claridad, quizá
por su terrible miedo a “no se sabe muy bien qué”.
Otro efecto de suspense es el
escenario en que se desarrolla la acción: Una maravillosa y aislada mansión de
la campiña inglesa. Un paisaje de ensueño, un jardín excepcional y un lago.
¿Por qué será que el agua, aparentemente tan tranquila, nos causa un tremendo
desasosiego?
Y
por último, otro intrigante detalle que pasa desapercibido al principio, y que
no descubres hasta que reflexionas sobre la lectura: ¿Cómo se llama la
protagonista? No lo dice. Esta misma pincelada, discreta pero efectiva, la
encontramos en otra novela reina del suspense: “Rebeca”. ¿Alguien
conoce el nombre de la protagonista? Y tampoco lo notas durante su lectura. Es
una manera de dar relevancia a los fantasmas, de los que sí conocemos sus
nombres y a los que se hace referencia constante.
El final,
rápido, brusco, hace que te quedes durante un momento, algo atónito: No sabes
muy bien que ha pasado.
En esta
edición que he leído, que está adaptada a un público juvenil, la traductora se
permite el lujo de continuar la narración para explicar lo que ha pasado. Por
supuesto, lo que ella considera que ha pasado. Pero aun así es bastante
esclarecedor.
En definitiva,
es una novela interesante, de suspense, pero de discurrir tranquilo, muy
entretenida y que se lee con bastante fruición.
Aún a riesgo de repetirme, tengo que decir
que esta edición no me parece la más apropiada, pues el lenguaje que utiliza es
bastante confuso (ha habido párrafos que tenía que leer dos veces para
comprenderlo), supongo que debido a la traducción y también tiene aclaraciones
al margen, que como ya comenté en
otra reseña anterior, me molestan bastante al leer. Prefiero
las notas al pie.
No puedo decir nada más sin destrozar su
lectura a alguien que todavía no lo haya leído. No voy a caer en la tentación
de decir: “¡Si al final resulta que Bruce Willis está
muerto!”.

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